Nuestra intención al llevarla a la terapia era demostrarle que sus problemas estaban asociados a su condición TEA
Queremos que se oiga a sí misma explicando estas cuestiones con la esperanza de que llegue a percibir sus contradicciones
Mi hija es TEA y actualmente tiene 21 años. En su infancia fue solitaria, reservada y muy aplicada. Tenía una gran habilidad para las manualidades y todo lo relacionado con el mundo artístico. Nuestro esfuerzo estuvo siempre en encontrarle amistades e intentar facilitarle las relaciones sociales.
Los problemas llegaron al comenzar la ESO cuando el instituto organizó una charla sobre sexualidad muy poco adecuada para su edad y bajo un enfoque muy cuestionable.
En aquella etapa se introdujo en el mundo del anime y comenzó a asistir a fiestas manga. En una de estas fiestas conoció un chico con el que continuó hablando online. Esta persona era muy radical, y para cuando nos dimos cuenta, comprobamos que su comportamiento no era normal. ¡No lo vimos venir!
Nuestra hija pasó de ser una chica tranquila y bastante dócil, a comportarse de una manera igualmente radical. Comenzó cambiando su aspecto hasta llegar a adoptar la apariencia habitual de los chicos. Todo sucedió en cuestión de unos pocos meses.
En un viaje familiar de verano acabamos descubriendo lo que estaba ocurriendo. Pudimos comprobar que la niña estaba casi todo el tiempo en contacto con el chico a través del móvil. Y aunque a toro pasado, acabamos descubriendo el férreo control que ejercía esa persona sobre nuestra hija. El chico tenía que validarle todo cuanto hiciéramos o dijéramos.
A final de agosto, le pedí a la niña que me entregara el móvil para revisar juntos en qué andaba metida. Con horror comprobamos que ella ya había tomado la decisión de operarse.
Ante la situación eliminamos los contactos que consideramos tóxicos y peligrosos para ella. Buscamos una psicóloga con mucho cuidado, pero no sabíamos nada sobre el poder de la Ideología de género y de cómo había calado entre muchas psicólogas y psicólogos. Nuestra intención al llevarla a la terapia era demostrarle que sus problemas estaban asociados a su condición TEA, a nada más y a nada menos.
Quisimos alejarla de aquel chico y del grupo de amigos de Granada, que abarcaba casi todos los tipos LGTB+ (fluidos , asexuales, pansexuales, etc.).
Para eludir nuestro control y despistarnos el chico urdió una estrategia: fingir que estaban peleados
Por aquellas fechas mi hija fue evaluada para comprobar si era TEA tal y como sospechábamos. Los resultados confirmaron su condición a un nivel muy alto, tanto como para darle una discapacidad. Sin embargo, el miedo a que los psiquiatras quisieran focalizar el asunto en un posible cambio de sexo, en lugar de en sus dificultades inherentes a su condición TEA, nos ha detenido a la hora de iniciar los trámites necesarios para solicitar la formalización de dicha ayuda.
La psicóloga nos ocultó que la niña seguía manteniendo contacto con el chico, y que este continuaba cuestionando ante nuestra hija todo lo que se hablaba y sucedía en nuestra familia, como si fuera un comentarista externo.
Cuando por casualidad descubrimos la situación, afortunadamente nuestra hija lo reconoció y aceptó quedarse sin teléfono por una temporada. Creo que estaba tan agotada de luchar entre el chico y la familia, que acabó aceptando nuestras normas.
Localizamos a la madre del muchacho a través de una página web de venta online y conseguí hablar con ella. Le pedimos que convenciera a su hijo que se apartara de nuestra hija mientras que estuviera en terapia.
A la señora le parecía de lo más natural todo lo que hacía y decía su hijo, por lo que fue muy difícil llevar adelante la conversación. Al final, accedió a nuestra petición y el chico también aceptó. Les confieso que esa ha sido una de las conversaciones más difíciles de mi vida.
Finalmente, conseguimos encontrar una psicóloga favorable a indagar las causas profundas del malestar de nuestra hija y con la que la niña se llevaba bien. Las cosas empezaron a mejorar y a los pocos meses le devolvimos el teléfono móvil, con un número diferente y a condición de que lo usara en nuestra presencia hasta ver su evolución.
La cambiamos de instituto, ya que en el suyo había personas que utilizaban el nombre masculino escogido por ella. Intentamos introducirla en una nueva pandilla y que se apoyara en sus amigos de toda la vida. Pensábamos que cuanto más lejos estuviera de lo anterior mejor
Mejoró lo suficiente como para llegar a pactar con nosotros el ponerse un vestido alguna vez, pero nunca llegó a decirnos que abandonaba sus intenciones de transicionar médicamente.
Nuestra nueva estrategia fue darle un mundo idílico. En cierto modo fue como sobornarla facilitándole todo para que no quisiera cambiar nada en su vida.
Como quería dedicarse a dibujar, le buscamos una universidad privada en Madrid de animación digital, ya que era la mejor manera de hacer que su pasión se convirtiera en profesión. No fue fácil de sostener ni económicamente, ni por la ausencia y la distancia. El único consuelo es que gran parte de mi familia vive allí.
Al principio estaba muy contenta y todo iba bien. En segundo nos alegró mucho que se echara un novio. Todo iba mejorando, pero cortaron. Además, tuvo problemas con algunas amigas de la facultad y no se encontraba a gusto en la residencia. Fue un mal año y volvió a decir que quería operarse al final de curso.
Tuvo que dejar a la psicóloga porque enfermó gravemente, así que buscamos otra en Madrid. Al estar más curtidos en este asunto de la ideología de género, supimos qué buscar y elegimos un terapeuta favorable a la exploración y la prudencia.
Ahora las cosas están como paralizadas, aunque se ha echado novia y parece estar contenta con su vida. Tanto sus nuevas amigas como la novia son compañeras de la carrera de Arte. Allí la diversidad sexual es habitual y no se considera algo transgresor. La novia parece no querer polémica alguna.
Sabemos que en su fuero interno no ha cedido todavía en sus creencias. Nosotros seguimos confiando en que darle una vida amable la mantendrá alejada de las ideas transgeneristas, por miedo a perder calidad de vida.
Tememos tocar algo y que se rompa, y no obstante hemos pensado hablar con el psicólogo y con ella en una sesión conjunta. La última vez que nos dijo que quería hacer una cirugía tuvimos una sesión familiar y fue muy positiva.
Ya está en el último curso de la carrera y no queremos arriesgarnos a que se tuerza algo. Por ello, deseamos mantener esa sesión conjunta en la que plantearle nuestras dudas: que nos explique que es para ella la disforia, que nos cuente su opinión de lo que le pasó a Michael Jackson con su obsesión en verse blanco y las consecuencias fatales resultantes.
Queremos preguntarle si conoce los riesgos de la operación que desea y describirle crudamente la realidad. Queremos que nos explique en qué se diferencia la disforia de la anorexia. Queremos conocer si sabe que tanto los tories como los laboristas se han puesto de acuerdo para prohibir las operaciones de cambio de sexo a menores y para recomendar la terapia a los mayores de edad.
Deseamos preguntarle también, el por qué un problema que se aloja en su mente, en vez de tratar de arreglarlo a través de la psicología, se plantea solucionarlo enfermando su cuerpo sano —como le ocurrió a Michael Jackson—.
Queremos que se oiga a sí misma explicando estas cuestiones con la esperanza de que llegue a percibir sus contradicciones. De paso querríamos decirle lo mucho que estamos sufriendo todos, y que si algún día decide renunciar a la cirugía o mejor aún quiere ser mujer, que no tarde en decírnoslo para volver a dormir bien.
En definitiva, deseamos poner toda la carne en el asador en esa sesión conjunta padres-hija. Y como somos personas religiosas rezamos compulsivamente esperando que esta conversación pueda ser un punto de inflexión.
Afortunadamente, hasta ahora en estos seis años y medio, no ha dado pasos irreversibles, pero tampoco ha cedido un ápice. La baza a nuestro favor es que por suerte valora mucho estar bien con nosotros.
Finalmente, le diré que tememos hablar de estos temas con ella y solo lo hacemos si ella lo inicia. Está es nuestra historia... de momento.


